Labores mujeriles

En el siglo XVIII, en el contexto de la Ilustración, se consideraba a las labores mujeriles como parte de las prácticas características de las mujeres; estas agrupaban el arreglo de prendas y la confección de fajas, calzones, pañuelos y sábanas; así como el adorno de textiles con bordado, deshilado o encajes. Al considerarse un punto básico de la educación femenina, se propiciaba su aprendizaje desde la niñez. Del mismo modo, se proponía como una buena alternativa a los paseos, fiestas o visitas.

Desde aquella época contrastaban dos aspectos de su práctica. Por un lado, se revisaba el sentido mecánico que suponía resumir el aprendizaje de ciertos ejercicios de repetición; por el otro, se enfatizaba su “primor o inventiva” que hacían estimables sus resultados. Teniendo como ejemplos a personajes como la propia reina Isabel I de Castilla (Isabel La Católica 1451-1504), se argumentó que estas labores eran propias de las mujeres sin importar su procedencia u ocupación  pues resultaban beneficiosos para la ejecutante por ser un buen empleo de su tiempo. Igualmente era apreciado que la señora del hogar incentivara a sus empleadas e hijas a practicar estas tareas supervisándolas y corrigiéndolas de ser necesario. Finalmente, se pensaba que la sociedad en general apreciarían estas prácticas por convertir a su ejecutante en buen ejemplo para su género.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s