El ámbito del hogar

En el siglo XVIII se consideraba a las labores mujeriles, junto con el gobierno doméstico, como las prendas características de las mujeres. Se propiciaba su aprendizaje desde la niñez al tenerse como parte básica de la educación de las damas. Su trabajo se destinaba al tiempo libre, teniéndosele como una buena alternativa a las visitas, fiestas o paseos.

Desde aquella época se contrastaban dos aspectos de su práctica: por un lado, se revisaba el sentido mecánico que suponía su ejecución al resumir el aprendizaje de ciertos ejercicios de repetición, y por el otro, se enfatizaba su “primor o inventiva” que hacían estimables sus resultados. A partir de ejemplos como la propia reina Isabel la Católica, se argumentó que estas labores eran propias de las mujeres, sin importar su procedencia u ocupación, pues resultaban en un beneficio para la ejecutante por ser un buen empleo de su tiempo; también se apreciaba que la señora del hogar incentivaría a sus empleadas e hijas a practicar estas tareas, supervisándolas y corrigiéndolas de ser necesario; finalmente, se pensaba que la sociedad en general apreciarían estas habilidades por convertir a su practicante en buen ejemplo de su género.

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